El equipo nacional, que consiguió su billete en los Mundiales de Stuttgart, vuelve a unos Juegos Olímpicos 16 años después, tras las ausencias en Pekín 2008, Londres 2012 y Rio 2016

Cojan una libreta y un bolígrafo y apunten los siguientes nombres: Roxana Popa, Ana Pérez, Cintia Rodríguez, Alba Petisco, Marina González y Alba Asencio. A continuación, guarden ese cuaderno y vuelvan a abrirlo a partir del próximo 24 de julio de 2020, momento en el que se encenderá el pebetero en el Estadio Olímpico de Tokio para que dé comienzo el mayor espectáculo deportivo del mundo. Allí estarán ellas. 16 años después de la última clasificación del equipo femenino de gimnasia artística, en Atenas 2004, y con la premisa de competir y disfrutar de ese sueño que, por méritos propios, se ha convertido en realidad.

Pero pongámonos en contexto. Durante el pasado mes de octubre, el Pabellón Hanns Martin Schleyer de Stuttgart abría sus puertas a las mejores gimnastas del planeta para albergar el Campeonato del Mundo. Entre ellas, el combinado nacional, que acudía a la cita con el único objetivo de recuperar la sonrisa, esa mueca de satisfacción que, poco después, esbozarían las protagonistas tras haber logrado la clasificación para los Juegos Olímpicos. La misma que había desaparecido en Pekín 2008, Londres 2012 y Rio 2016.

Más allá del fenómeno de masas norteamericano, encabezado por la siempre extraordinaria Simone Biles, los focos miraban hacia las nueve plazas restantes que otorgaban el pasaporte para Tokio 2020. Excluidos Estados Unidos, Rusia y China (con el billete asegurado desde 2018), España debía aferrarse a un buen ejercicio colectivo que les permitiese acabar el concurso por equipos entre las 12 primeras.

Y así fue. Agónico, pero satisfactorio. Las pupilas de Lucía Guisado tuvieron que esperar hasta la última rotación de la subdivisión decisiva para certificar su futuro viaje a tierras niponas. Fue ahí, en el ejercicio de suelo, cuando Brasil, que en ese instante ocupaba puestos de privilegio, desperdiciaba su renta favorable de punto y medio en beneficio del combinado español, que cuajó una actuación más que notable. Eran duodécimas. La plaza era suya merced a los 159,021 puntos que habían logrado entre todas ellas.

Porque, ante todo, son un equipo, un grupo de trabajo cuyo sacrifico y dedicación les han conducido hasta su destino pese a los obstáculos que se han ido encontrando por el camino. Prueba de ello fueron las desafortunadas lesiones de dos gimnastas ‘titulares’ en los pasados Campeonatos de España disputados en julio: Nora Fernández y Helena Bonilla. La primera, incluso, decidió retirarse tras encadenar diversas lesiones durante el último año y medio. Además, Laura Bechdejú, la mejor española en el último Europeo, tuvo que ser operada de un ojo tras golpearse en un accidente sufrido en las paralelas asimétricas.

Una situación que contrastó con la milagrosa e inspiradora recuperación de Roxana Popa, operada del codo e intervenida tres veces en su rodilla derecha para tratar una aparatosa rotura de ligamentos. Después de tres años de inactividad profesional, volvió a la élite en Stuttgart para aportar su granito de arena y contribuir a la clasificación para Tokio. Su lema «El deseo se transforma en dedicación. La dedicación se transforma en poder» bien podría aplicarse a cualquier ámbito de nuestras vidas.

Así pues, el combinado nacional femenino de gimnasia artística volverá a desfilar en la ceremonia de apertura de unos Juegos Olímpicos con el fin de dar continuidad a un camino que se frenó en seco en Pekín 2008, pero que no se había detenido previamente desde Seúl 1988. Por suerte, la redención ya es un hecho. Enhorabuena, campeonas.

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