Equipaso

Atlanta, 1996. Un grupo de jóvenes gimnastas llegaba a los Juegos Olímpicos después de varios meses dedicando sus vidas a entrenar. Era la primera vez que se incluía la modalidad de conjuntos en unas Olimpiadas. Ninguna de ellas superaba la mayoría de edad. En su corta trayectoria, el equipo español de gimnasia rítmica apenas había podido entrenar con todas sus integrantes juntas, pues hasta poco tiempo antes de viajar a Atlanta, cada una pertenecía al club en el que competían el resto de la temporada y vivían en ciudades diferentes. La exigencia crecía a medida que pasaban los meses: empezaron a llevar un estricto régimen de alimentación, renunciaron temporalmente a sus estudios, se marcharon a vivir fuera de sus casas… todo para llegar al máximo a las dos semanas marcadas en rojo en el calendario de cualquier deportista.

Ellas eran Marta Baldó, Nuria Cabanillas, Estela Giménez, Lorena Guréndez, Tania Lamarca, Estíbaliz Martínez, Maider Esparza y María Pardo. Las dos últimas no compitieron en Atlanta. Esparza era la gimnasta suplente; María Pardo decidió abandonar el equipo por falta de confianza a dos meses de la gran cita. Se convirtieron en Las Niñas de Oro, un modelo de superación que consiguió convertirse en el grupo de deportistas más joven de la historia olímpica española en colgarse una medalla de oro.

Veinte años más tarde, en Río 2016, Las Niñas de Oro inspiraron a otra generación de deportistas: Alejandra Quereda, Lourdes Mohedano, Elena López, Sandra Aguilar y Artemi Gavezou. Todas ellas, excepto la última, conocían la experiencia de disputar unos Juegos Olímpicos. Habían competido en Londres 2012, de donde que se llevaron un diploma olímpico después de una gran actuación que solo superaron Rusia, Bielorrusia e Italia. Si bien todos vibraron con la buena actuación de las españolas, haber rozado el pódium significaba más trabajo para alcanzar la ansiada presea en la siguiente cita. Dos décadas eran demasiadas para una disciplina que se encuentra en el puesto cuarto de deportes practicados en España, por detrás de la natación, el baloncesto y el fútbol.

 

Y lo consiguieron. 2016 fue el año del resurgir de la gimnasia rítmica española a nivel olímpico, después de que esta selección, que deslumbraba por su mezcla de experiencia y frescura, cuajase una actuación que rozó la perfección. Solo las rusas, que llevan cinco Olimpiadas colgándose el oro, pudieron por muy poco con las chicas entrenadas por Anna Baranova y Sara Bayón. Ellas eran El Equipaso, el nombre bajo el que se construyó otro equipo ganador. Este apodo se le atribuye a Lourdes Mohedano, cordobesa, quien pronunciaba la palabra “equipazo” con su particular seseo. Las redes sociales, que ni tan siquiera existían durante los años de Las Niñas de Oro, fueron las encargadas de poner al Equipaso en boca de todos cinco ediciones olímpicas más tarde.

Todas las integrantes del Equipaso cerraron su ciclo en el equipo nacional después de colgarse la plata en Río. De ese exitoso grupo de deportistas, hoy solo queda Alejandra Quereda, quien sigue ligada como seleccionadora nacional en la categoría individual desde septiembre de 2018. El reto para la nueva generación de gimnastas españolas es enorme. Alba Polo, Clara Esquerdo, Ana Gayán, Victoria Cuadrillero, Sara Salarrullana y Emma Reyes son hoy las integrantes del nuevo Equipaso, un conjunto todavía por bautizar cuyo primer objetivo es conseguir plaza en Tokio. Su mirada aún no apunta a las Olimpiadas, pues tras el Campeonato del Mundo de Bakú, la plaza olímpica pasa por hacer un buen papel en el Europeo que se disputa en Kiev durante el mes de mayo de 2020. La tensión estará presente hasta apenas dos meses antes de partir rumbo a Japón, un viaje que volverán a hacer con Anna Baranova como entrenadora. La bielorrusa mantiene viva la ilusión para liderar un grupo completamente nuevo que, quién sabe si puede ser la semilla de otra época gloriosa para la gimnasia española.